viernes 16 de marzo de 2012

Catchy

Si mi cabeza fuera un reproductor de música, sería un CD con la capacidad de un disqué, la obsolencia de un casét, y la repetición de un vinilo que salta.


A lo que voy: tres temas que me estuvieron limando la cabeza durante la última semana y media:




Hoy, lo imposible: flaco random divino y yo terminamos en (contra) la puerta del bondi, yo atrás de una mina muy muy rellena, el bondi A MORIR, eh, y el flaco del lado del parabrisas. OH CASUALIDAD, yo tenía (tengo) puesta la remera de los Foo, y OH SORPRESA, el chabón resultó ser de esos freaks que cantan en voz baja, hacen la percusión con la mano y cierran los ojitos cuando el cantante tira una alta o un grito rockero, y bueno, ta, ahí nomás el chabón empieza a ¿cantar? este tema:


Creo que será el estado mental. Sífilis no tengo (no tendría por qué). No puedo hacer estamentos sobre mí, pero si de algo estoy segura es que aún antes no estaba tan alterada cuando estaba alterada. Todo el tiempo, en todos lados, la calle es una gran caja de bombones y yo soy una obesa americana de algún estado perdido que nunca probó el praliné en su vida, no puedo parar.

De más está decir que lo violé en mi mente de numerosas maneras y en numerosas ocasiones. Y calculo que él también, porque no se va poner a cantar un tema de Foo Fighters así (te juro, daba para preguntarle "¿vos sabés de qué habla este tema?") al lado de una mina que tiene una remara de fucking Foo Fighters. Hasta capaz que no me daba pero era un gran fan al que le gusta conocer otros fans random. Si ese no fuera el caso siempre me voy a preguntar qué me vio. Te explico: no me había bañado (todavía no me bañé), estaba sudada y torpe mentalmente después de un viaje en tren espantoso, sin maquillar, con la cara hecha un Gran fucking Cañón, hinchaaadaa, pesaaada (?) Encima estaba vestido muy a lo ex. Pero era más alto, y ligeramente moreno. Nunca le dí a alguien ligeramente moreno porque en general no llevan ese porte que a mí me gusta.

jueves 15 de marzo de 2012

Reincidir

Mis sueños están líando conmigo otra vez y poco puedo hacer para evitarlo. Igual bancá un toque, porque yo de verdad no quiero evitarlo.

Una secuencia completa, ininterrumpida, casi nada irreal, se sucedió en mi mente esta mañana. No llegaba a pasar nada, pero porque en el sueño mismo yo sabía que iba a sentir culpa después, que estaba "mal". Como si alguien me estuviese vigilando y fuera a juzgarme. Igual, uno nunca sabe cuándo se le puede escapar un nombre entre sueños. No sé, a mi compañera de curso le pasaba, not cool.

A modo de aviso a mi futura yo: no te des manija, corazón. No. Venís bien, no te des manija.

Oh, ¿qué son todos estos mensajes crípticos que la pelotuda se auto-postea y qué significan para mí, oh, que encima me tomo la molestia de leerlo?


Alguna vez dije que tengo una debilidad muy, muy fuerte hacia un tipo de personas en particular. De modo que, en un arranque un poco teatral causa del (escuchá) dos cervezas, un vino y un poco de tequila Sol Azteca compartidos con Darío decidí que era hora de cortar, por decirlo así, una autopista de la manijeada, que resultó ser bueno,... facebook.

Y mientras, todo lo que puedo leer entre líneas (no se necesita ser muy perspicaz para notarlo) es:
manijeame que me gusta.


Blackout! Panic!

El otro día en la oficina (discúlpenme si escatimo en presentaciones, explicaciones y etcéteras, pero no puedo dejar de sentir un delicioso deleite siempre que repito esas tres palabras en mi mente) se cortó la luz. De la nada, PLOP!

¿Qué fue lo primero que se me vino a la cabeza? Zombie Apocalypse, posta. Todo el secuenciamiento del exterminio humano en las ciudades capitales empieza -siempre- con la misma señal. Se apaga la luz y bueno, se suponía que se apagase en todas las cuadras, para que la gente paniquee y empiece a romper vidrieras, para qué, si igual estamos todos condenados. Te miento si te digo que por una milésima de segundo pensé cómo sería estar en un grupo de supervivencia con los abogados, la contadora y la secretaria. Temblequeé.

Sólo porque no tenía nada que hacer y tenía plata me fui a comprar un sánguche a Subway (estoy bastante más neoyorkina después de haberme comido How I Met Your Mother), esperando que toda la manzana y no sólo un par de edificios del lado opuesto de la calle y otros pocos a la vuelta estuvieran sin luz. Digo, si no iba a haber ninguna riot (voy a tratar de dejar de ponchar tantos términos en inglés, o me van a tachar de pelotuda) al menos que las calles estén llenas de resentidos empleados con trabajos inconclusos y mozos charlatanes que alcanzan a parlotear con la clientela un rato más.

Resulta que en mi cuadra hay una casa de pianos (hola, potenciales secuestradores/violadores de la internet, mi abuela me los recuerda siempre) donde nunca hay clientela. Cuando regresaba de almorzar la ví en esa vidriera. Una flaca, veintipocos, pelo largo hasta el pecho, enrulado, castaña, de musculosa y pollera, tocando el piano.

No entré, no me animé. Quizás para no perturbar la paz de una escena que se desarrolla tan poéticamente como el movimiento de los planetas, pero ni tan grande ni extravagante. Tocaba a medio metro del vidrio, que aislaba del todo el sonido y tras el enrejado rojo, que proyectaban una sombra interrumpida por la luz del sol de las cuatro de la tarde. Poco se veía, pero lo necesario, cuando yo me paré para mirar. Ella, calculo, no se dio cuenta, tantas personas que se paran en los escaparates a desear o a prenderse un pucho, quésséyo.